Sí, entrar a la universidad y esperar algún día la salida más satisfactoria, luego es entrar al trabajo a las 9 y esperar por la salida de las 6, entrar en una relación y estar ansioso por la salida para poder entrar a la siguiente; entrar en una cama para salir y entrar a otra y a otra, los días se van en ver entrar comida y en verla salir, en ver entrar gente y profesiones a sus vidas y verlas salir... En cambio, la vida de los no mortales pretende estar llena de permanencias. Un no mortal sabe que no lee un libro desesperado por haberlo concluido; disfruta cada uno de sus personajes, lo va degustando hasta el momento casi triste y solemne donde hay que cerrar el libro que se ha quedado sin páginas escritas. Los no mortales siempre aplazan el final. Una vida llena de permanencias implica volverse significativo, consistente, quedarse en la mente de algunos cuantos, quedar en la historia de tu nación, si un no mortal tiene suerte y conectes quizá permanezca en la historia de la tierra, o mejor aún, si además de suerte tiene inquietudes técnicas tal vez su nombre trascienda como uno de los grandes, un Einstein, un Beethoven, un Nietzche... parece que el lugar que más no mortales ha engendrado es Alemania, incluso un Hitler. Los no mortales quién sabe de dónde salieron; pero le dan sentido a la vida de los mortales. Esta especie complicada piensa demasiado, se obsesiona con ciertas ideas, trata de resolver al mundo, trata de observarlo todo y hacerlo suyo y quedárselo para siempre, busca saber cada vez más, entiende holísticamente la sociedad, el comportamiento humano, los términos médicos y científicos, se adelanta seis jugadas a su contrincante. Al menos eso es lo que Mariana toma como verdades irrefutables, son las verdades con las que ha crecido y ha hecho suyas; ella no es mortal y nunca lo será. En la metáfora musical de la vida a cada momento que vivimos le imprimimos una nota musical, al tiempo formulamos compases y esperamos que al final de nuestros días, la orquesta que nos va cerrando los párpados conforme caemos en ese eterno sueño; toque la hermosa melodía de nuestra vida y la encontremos deliciosamente atractiva, suficientemente nuestra, placentera, relajante, satisfactoria; que nos haga feliz escuchar la armonía final que resulta de la unión de cada uno de nuestros compases. Desde luego que no deseamos que a esta hermosa composición final le falte el permanente tintineo del amor. Pero este es un tópico que ontológicamente hemos vivido, cuestionado, analizado y demás, hombres y mujeres seguimos en esa cacería permanente: una búsqueda casi involuntaria, ese deseo intenso de encontrar y vivir eso de lo que tantas personas, canciones y libros hablan; las características organolépticas del amor, de qué se trata, cómo se come, dónde se siente, cómo se vive… dónde se encuentra! y si lo encuentro, cómo lo hago mío, cómo lo conservo, cómo no me aburro de él, cómo no se aburre de mi y me abandona... Los primeros compases de nuestra composición musical son por predeterminación los que parecen siempre más felices, más cercanos a la armonía y perfección. El carácter libre, despreocupado, desobligado y casi bendecido por la protección familiar que poseen nuestros primeros años; otorgan a la infancia un halo y magia difícil de igualar a lo largo de nuestra vida. El amor que recibimos en la infancia es difícil de equiparar posteriormente; el afecto que nos brinda la familia y el resto del mundo es por poco fortuito e inmerecido… tal vez esto nos condiciona a pensar que de esa manera trabajará el amor el resto de nuestra vida. Pero hablar de amor resulta en extremo ambicioso, tomamos la parte que mejor nos sienta y la hacemos nuestra: amar es hermoso, el amor hace volar, el amor os liberará, all you need is love, en el nombre del amor, no hay algo mejor que vivir enamorado. Mariana, junto al resto de los mortales que la rodean, también encuentra en su infancia la delicia melancólica y casi perfecta al recordar su núcleo familiar, el amor de su papá, la dedicación de una mamá de tiempo completo; la espera paciente para conocer a su hermano y asumir que lo querrá por sobre todos sus defectos para siempre. Pasados los primeros compases de su infancia ésa fue su primera necesidad inaplazable: no podía esperar por enamorarse. Quizá lo que Mariana nunca previó fue si una inquietud así, surte el mismo efecto en un mortal que en un no mortal, si los mortales aman igual que los no mortales, nunca previó que enamorarse quizá no tenía cabida en la vida de los no mortales. Entre las verdades irrefutables que Mariana tenía en mente cada día al despertar, nunca contempló el lúgubre destino de los no mortales: la opción complicadísima de renunciar a la felicidad, y si no se opta por renunciar, queda la distancia enorme que hay entre el concepto de felicidad de los mortales contra el de los no mortales... La roja pesadumbre que llena la atmósfera de la vida de los no mortales cada que se torturan con un pensamiento que obsesivamente no encuentra salida en su cabeza porque: ¿no se supone que de eso precisamente se trata la vida de los no mortales? ¿de permanencia?
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Supongo que seré una no mortal porque deseo que algo entre en mi vida y no salga, aunque me confieso mortal, ya que hago todo lo posible por alejar, ese algo, de mi lado.